Escribo y borro, escribo y borro de nuevo, así una y otra vez.
Y es que me pongo nerviosa solo de pensar en ti. Con una sonrisa tonta, estoy delante del ordenador soltando cursilerías de esas que odio y que pocas veces o nunca te digo, porque ya me conoces, me hago la difícil. Y por eso las borro, pero vuelven solas, se reescriben, pero ¡Cómo no van a hacerlo!
Si
es que tus llamadas me dan la vida.
Tus besos eclipsan mis enfados.
Tus risas ahogan mis lloros.
Tu mirada me atrapa cada día un poco más.
Tú me llenas apasionadamente.
Tu sonrisa me enamora poco a poco.
Tus abrazos me acogen calurosamente.
Tú que me encantas.
Si, ya lo he dicho. Un secreto a voces.
Lo has conseguido, has conseguido que cuando me despido de ti, me ponga a contar los días que quedan para verte de nuevo.
Y que te eche de menos cuando son muchos. Estás consiguiendo endulzarme un poco con lo imposible que pueda parecer. Has conseguido que invente planes contigo en mi cabeza que quiero llevar a cabo.
Pero me da miedo. Me da miedo jugármelo todo al marrón de tu barba y perder. Dejar a la banca del pasado que gane y se lo lleve todo.
Aunque si lo pienso, merece la pena intentarlo. Si el premio son más noches sin dormir; más carantoñas y risas; más caricias, besos y abrazos; más llamadas inesperadas que alegran la tarde; más peleas tontas de fútbol, que terminan en besos interminables.
Si el premio eres tú, me compensa arriesgarme y ganar. ¿Y a ti?