Cómo de cruel puede llegar a ser nuestra propia ciudad.
Viernes noche, dispuesta a ir a una fiesta de cumpleaños en el típico local perdido en una calle desconocida de Madrid, con un cartel camuflado entre múltiples grafitis y tachaduras. La noche en general suele darme pereza, mejor me llevo el coche sabiendo que obviamente no iba a haber un sitio en la puerta para la marquesa.
Pues Madrid, tan caprichosa ella no ha querido cederme cualquiera de sus rincones para aparcar, no. Mejor ha sido dejarme pasear por un barrio con recuerdos durante una larga hora, mientras el coche se iba ocultando bajo la lluvia, y quien sabe, tal vez camuflándose con ella. Tras este rato tan entretenido, encuentro un sitio sin fijarme apenas donde estoy porque llego tarde y eso no es muy propio de mi.
Pero cuando he vuelto a por el coche sí que me he fijado en el portal, que estaba detrás de mi coche. Me resulta familiar, como si hubiera subido y bajado esas escaleras en muchas ocasiones, sola y acompañada, de día y de noche, como si de alguna manera aun me perteneciera, el portal se atreve a soltarme todos esos recuerdos, tan descaradamente.
Y es que la ciudad esta llena de recuerdos. El restaurante en el que nos conocimos. . Esas escaleras de metro con el eco de nuestras risas. La terraza de una nerviosa primera cita. Ese parque por el que paseábamos charlando como si no existiera nada más. Esa calle en la que aparcamos el coche enfadados antes de subir a tomar una última copa a tu casa y hacer las paces de la mejor manera que sabíamos. La parada de taxis de falsas despedidas. Y esa parada de autobús con un amargo sabor a final.
Serán buenos, serán malos pero cada calle te recuerda a alguien, algo o momento especial que nunca olvidarás, o quizá si.
Serán buenos, serán malos pero cada calle te recuerda a alguien, algo o momento especial que nunca olvidarás, o quizá si.
Y yo ese portal todavía no lo he olvidado. Igual nunca lo olvido, y siempre que pase cerca de ese 2 me abre algún resquicio de mi pasado. Un pasado que nos perteneció.
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